CARLOS G Fuertes

Carlos G. Fuertes, 1990. Escritor, blogger y estudiante de Física en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Ha publicado en 2014 su primera novela corta Un viaje de estudios, de la cual se puede leer un fragmento en su web.

“Se deja entrever, interpretando a Weber, que el español, de cultura católica, es proclive a creer, o lo ha sido —y sigue bajo esa inercia—, que el estado le debe algo porque una concepción dualista de la realidad le empuja a entender la justicia social no como algo por lo que hay que luchar, sino como un dogma respecto al cual las capas altas de cierta jerarquía tienen que garantizar, en base a una fe religiosa en esa justicia social —entelequia inexistente en la naturaleza— los derechos de las capas más bajas”

Resumen de su ponencia en el congreso:

“Dualismo y penitencia: la religión en la España actual”

Artículos

– Obreros y siervos

Un viaje de estudios (fragmento)

1

Tres estudiantes se sentaron delante de la puerta de su facultad.
—No tengo nada que hacer en verano.
Consideraron hacer un viaje a Ámsterdam cuando terminaran los exámenes. Uno se quejó de su falta de dinero, otro objetó que era muy duro suspender Antropología y tener que recuperarla. Acababan de salir de la última clase del turno de mañana.
Había sobre la acera una carpeta clasificadora y un libro de apuntes fotocopiados y encuadernados. Contra la pila de mochilas que se encontraba junto a la pared del laboratorio de informática se sostenía una hoja de papel con la lista de un grupo de trabajo cuyos integrantes pensaron que el conjunto que formaban no llevaría más que al suspenso.
El compañero de piso de uno de ellos estaba por allí y era repetidor. Antes de marcharse a jugar al fútbol, se quedó a descansar sentado junto a la calzada. Los que le rodeaban comenzaron a hablarle sobre la clase de la mañana. Dijo que no comprendía nada del temario de Estadística, que iba a tener que estudiar durante casi todo el verano.
Veinte minutos después del cambio de hora irrumpieron allí unos alumnos de primer curso que, jugando a un quenocaiga, habían despejado, involuntariamente, el balón en las proximidades de la entrada al edificio. El primero en llegar lo recogió y se lo envió de una patada a su dueño, que lo esperaba entornando los ojos debido al sol.
Al no decidir nada, el último en presentarse se despidió. Se marchó, y los demás empezaron a rememorar situaciones relevantes de una convivencia pasada. A las cinco de la tarde dejaron de escuchar y ser escuchados; se levantaron y se fueron. Uno de ellos se dirigió a su coche, otro al metro, y el último, al autobús.

2

En un aula de la facultad había una tarima, un proyector, dos pizarras y ochenta y tres sillas con pala. Durante el turno de mañana alguien se dedicó a decorar la suya con su nombre, operaciones matemáticas simples, esquemas y dibujos calcados de un libro. Por la tarde, una compañera que supo quién había hecho aquello escribió en el mismo trozo de madera: «subnormal» —la encargada de limpiarlo no se paró a leerlo—. Se refería a un alumno que conoció en clase, con el que estuvo en una fiesta. Periódicamente, él y ella se dejan mensajes en el Tuenti en el que se convidan a copas que con bastante certeza nunca existirán. Cuando se encuentran en algún pasillo, se miran y hablan durante diez minutos.
Ella tiene el pelo castaño, liso; los ojos, castaños también, o verdes; la piel, clara; la postura, algo recia, y los hombros, demasiado separados del cuerpo.
Se tocó el brazo derecho con el izquierdo al preguntarle «qué tal te va», e hizo un leve movimiento de cadera para colocarse las bragas. «El otro día estuve con los de mi clase por ahí —continuó—. Tenemos que quedar para tomar algo».
En una de las mesas del vestíbulo, un anacrónico fan de Metallica oteaba la puerta del despacho de uno de los integrantes del departamento de Psicobiología, que estaba abierta. En las zonas verdes del campus, los alumnos formaban grupúsculos jugando a las cartas y, a veces, bostezaban.
La pareja estaba quieta frente al departamento de reprografía mientras los otros estudiantes, que tenían prisa por hacer fotocopias entre clase y clase, se levantaban de las mesas del vestíbulo, o dejaban de hablar a los que estaban sentados en ellas, volvían por el pasillo, o sacaban sus portátiles de la mochila y se sentaban otra vez.
—Ese día he quedado —contestó él—. No. Otro día, mejor.
Se separaron y ella se marchó a su aula. Allí el profesor mostraba unas diapositivas. En una podía leerse: «coordinación central de los mecanismos de liberación innatos», en otra: «diseño experimental para el registro de células aisladas en la corteza motora del mono durante el seguimiento visual». También se vislumbraban las etiquetas: «célula neuroendocrina», «circuito local» y «circuitos de larga distancia». De una de las últimas imágenes alguien copió: «sistemas humoral, autónomo, sensorimotor, límbico, distribuido».
—¿Qué ha dicho? —preguntó ella, Pilar, a una amiga suya—. Luego me pasas los apuntes.
—Qué morro tienes.
Salieron las dos de la clase de Fisiología y entraron en un vagón del metro que traqueteaba por una línea que funcionaría bien durante el resto de la semana.
Si hubiera algún fallo en la maquinaria, sería la sexta vez este año que a ella y a su amiga algo así las afecta y las pospone.
—Mercedes le ha dicho a la sueca —comenta la amiga de Pilar— que le mande correos para ver si los escribe bien en español.
—Esa señora me da miedo.
—Es que da miedo.
—Le gusta mucho dar el cante.
—El otro día va y me dice que se me veía una teta. Pero era mentira: yo siempre las llevo así, apretaditas, por eso estoy segura de que no me veían. La que va enseñando es ella, que dice que quiere «pillar un médico». ¿Cuántos años tiene ya?
—No sé. Cuarenta o cincuenta.
—Es que se viste como si tuviera quince, enseñando las bragas.
—Ya.
—Dice que no se ha estrenado, que de casada estuvo a punto, pero que su marido murió.
—Qué fuerte. Pobre señora.
—Ahora vive obsesionada.
—¿Y si os la lleváis de fiesta?
—Un día nos la vamos a llevar. Cristina dice que le alquilemos un puto.
—Pobre mujer.
Clara, la amiga, tiene los dientes torcidos. Se marcha con sus bucles y gafas, despidiéndose antes de que el vagón cerrara las puertas y pudiera ver su reflejo en la negrura de los túneles del metro, mirándose las tetas para comprobar que no se le veían.
Al día siguiente, Pilar y su hermano pequeño suben en un Ford Focus plateado y sucio que, a pesar de su mal estado exterior, todavía arranca fácilmente; sale por la puerta del garaje de la comunidad en dirección a una clínica.
—Ya veo lo enfermo que estás tú.
—Me duele la tripa. Tengo frío.
—Ponte la chaqueta.
Pasan por delante de parques y establecimientos habituales, se paran delante de un cruce de peatones y ven cruzar a un grupo de chavales de quince años que se dirigen a una discoteca light. Las chicas van delante, excepto por una pareja, que se puede apreciar ya establecida en la acera, hablando de sí misma. Mañana irán todos al cine. Diego no entiende qué significa la diferencia de edad entre su hermana y los que cruzan.
—Sólo tiene una gripe. A veces pasa en esta época del año.
—Ya.
—Una al día de este antibiótico. Si le sube mucho la fiebre, le pones un trapo con agua fría, y, si no mejora, que no creo que sea el caso, me lo traéis a urgencias.
—Pues ya lo has oído.
—¿A dónde vas, Pili?
—Me voy con mi chico. Adiós, Diego.



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